Letras

Foto: Giuseppe Dezza

Ojo de animal

Giovany Emanuel Coxolcá Tohom

Junio 17, 2022

Guatemala, 1986. Primera mención honorífica en el XVI Premio Mesoamericano de Poesía Luis Cardoza y Aragón, con el libro Q'atzän cha'b'äl (Voces imposibles), escrito en kaqchikel, Premio Internacional de Poesía Editorial Praxis 2020, con el libro Don Quijote y las memorias de Ixmukané. Con Las trampas de la metáfora, fue ganador del Premio de Poesía Manuel José Arce, en el 2015. En el 2017, la Editorial Universitaria le publicó Nuestra identidad en los pasillos de la palabra. Ojo de animal fue traducido al inglés por la ya legendaria norteamericana Lindsay Romanoff Bartlett.

I

Hace días me encontré con Hawthorne, al salir del cine. Andaba del brazo con alguien. Otra pareja tratando de ser feliz. Lo intenté algunas veces. Con el tiempo me acostumbré a la brevedad del amor. No podría decir quién de los dos andaba colgado del brazo del otro. La tarde anterior había leído un post compartido en Facebook o Twitter. Lo recordé al estar frente a él; era una despedida para su madre. Llevaba más de cinco mil «me gusta», y había sido compartido por cientos de usuarios.

—Hawthorne, lamento la muerte de tu madre.

Sigo sin entender estos simulacros. No sabía de la existencia de su madre, tampoco sentía simpatía por él. A decir verdad, me caía mal, por su pedantería o prepotencia. Pero una vez frente a él, me vi obligado a hablarle. Traté de abrazarlo.

—Gracias.

Su acompañante me miró con odio y desconfianza. Mañana se habrán olvidado de haberme encontrado y en unas semanas los miles de «me gusta» y las veces que fue compartido el post a nadie importará.

Lo conocí en una fiesta. Cuando los invitados se habían pasado de tragos, vino la policía y se llevó a varios. A él lo dejaron libre, después de soltar un fajo de billetes. Esa noche fue de los más violentos. Iba con una rubia de ojos hermosos. Ella se largó, luego de discutir y recibir un puñetazo en la cara. Lo demás es historia para no contar.

Por curiosidad, al regresar a casa busqué el post: «Madre has dejado un gran vacío en mi corazón». Luego los «me gusta», las veces compartido y cientos de comentarios solidarios, caritas con lágrimas, abrazos, palabras, frases y párrafos que nadie leerá.

Después de darle el pésame, no sabía cómo despedirme.

—Fue bueno verte.

Mentiras.

—Gracias.

Al alejarme, ella le preguntó quién era yo.

—Un imbécil, mi amor.

II

—Debe aprender a menearse entre estas gentes. No será fácil al principio. En la calle no hay para dónde —el novato, con notoria inseguridad, escuchaba. Se había amarrado las correas de las botas en varias ocasiones y había fingido toser. El comisario conducía el picop—. A la hora de un cateo, de un arresto o a la hora de sacarles la mierda a los tacuacines, hay que hacerlo bien. Aunque es difícil al principio, con el tiempo uno se acostumbra. ¿Cómo terminó acá?

—No hay trabajo y la mujer y los hijos deben comer.

El comisario aceleró, después de parpadear.

—Hay una cajetilla de cigarros en la guantera, pásemela y tome uno, si quiere. Yo fumo a cualquier hora, a mediodía, en la noche o en la mañana. Es cierto, allá afuera no hay trabajo. ¿Qué hacía antes?

—Estudiaba leyes. Después traté de irme a los Estados.

—Eso hacen los de por allá de donde usted es. Su nombre y sus apellidos son de por allá. Cipriano, un nombre de pueblo, de indio. Crecí entre ellos. Un día me largué.

—Intenté cruzar el desierto.

La esposa no pudo ocultar su tristeza al saber que se iría a los Estados Unidos. El hijo, de ocho meses, lloró como si le arrancaran las orejas. «Ya vengo», fueron las palabras de Cipriano.

—Eso lo vienen haciendo desde hace más de cuarenta años. Recuerdo cuando irse para el otro lado se puso de moda; a los estados amontonados, decían en el circo. Todos deseaban irse y regresar con dinero para comprar un carro y casarse con la más bonita. Tres de mis familiares también se fueron. Dos se quedaron a vivir allá, ahora ya tienen hijos gringos; uno murió en el desierto, así que nunca pudo tener hijos.

—Lo de cruzar el desierto es arriesgado. Cierto, algunos pierden la vida. Casi todo el camino es cuestión de esquivar a la migra, permanecer en moteles, movilizarse en camiones, comprar identificaciones falsas; pero no por eso se evita el desierto o el paso por el río Bravo. Y, luego, la vida allá…

—De manera que estuvo allá. Entonces fue algo más que un intento.

—Estuve poco tiempo.

—Usted fue gringo por un rato. ¿Qué se siente?

—Hay que acostumbrarse a las humillaciones.

A su paso por el desierto, cuando estaban por terminar lo más árido del viaje, el cansancio les dobló las rodillas, hasta derribarlos. «Pueden tomar agua», dijo el coyote. A esa hora, Cipriano nada más quería dormir. Quedó tendido, sin prestarle atención a nada. A su lado empezaban a forcejear. Aunque los gemidos hubieran sido de su madre o de su esposa, él no habría levantado un dedo para intervenir. Así es como uno corre para superar la miseria, entra a lugares desconocidos con un basurero en el pecho.

—Pero cuando vuelven se sienten las divinas mierdas. Yo los conozco. Presumidos con dinero; indios, al fin y al cabo.

Cipriano prendió el cigarro y permaneció en silencio.

Aunque faltaba poco para llegar al otro lado, estaban exhaustos.

            Cuarenta y cinco personas esquivaron a los federales y cruzaron el río Bravo. Una pareja no corrió con suerte. La mujer se soltó de la balsa improvisada y fue arrastrada por la corriente. El hombre se lanzó a rescatarla. «No hay tiempo para detenerse», dijo el coyote.

El hombre, con la mujer en sus brazos, miraba hacia las dos balsas. Buscaba a alguien. Se quedó mirando a los ojos del coyote con ira y desesperación. La corriente los arrastró hasta que se perdieron de vista.

Después del paso por el río, caminarían varios kilómetros.

El coyote volvió a consultar su reloj. «Tenemos un par de horas para descansar».

Cipriano empezó a escuchar forcejeos. Miró al cielo y se encontró con una luna menguante. Algunas nubes se deslizaban, en silencio. En ese momento nada más ansiaba dormir.

—¿Y es cierto que los coyotes se cogen a las viejas, usted? Eso dicen. Yo más creo que ellas se ofrecen. La mayoría que va para allá se dedica a hacer cochinadas. Indias y, además, putas.

—Esas experiencias lo marcan a uno. No. Nunca vi que un coyote se cogiera a alguien.

— ¡Coyote! Cuando yo era niño tuve un perro con ese nombre.

— ¿Y traficaba personas?

—No. Todos los días se levantaba sin importar el frío. Era el primero en buscar nuestras cosas para el trabajo y el primero en saludar a mi mamá, cuando llegaba a dejarnos el desayuno. Mi papá lo había traído de lejos, un día que fue a vender al toro, después de ocho meses de pastoreo. El perro fue nuestra recompensa. Lo quisimos mucho. Mi mamá también llegó a quererlo, como si fuera otro de sus hijos. Usted sabe, sentimientos pendejos que ahora me dan risa. Como ya le dije, yo también viví entre indios. En los inviernos se enroscaba cerca de mi mamá. Un vecino nos dijo que había visto a Coyote pelearse con un perro desconocido y, aunque despellejado, fue el vencedor. Nosotros nos sentimos orgullosos. Podemos quedarnos a beber algo aquí, hace calor y es viernes. ¿Una cerveza?

Cipriano asintió y dijo:

—Los coyotes se parecen a los perros.

En su recuerdo, el coyote se había vuelto un perro sarnoso y viejo.

Los forcejeos continuaron. Movió la cabeza a su derecha y descubrió al coyote con los pantalones hasta las rodillas. Por un instante deseó tener un arma: un cuchillo, un pedazo de hierro, la fuerza para levantarse y hacer algo. Sabía que todos escuchaban y miraban furtivamente. A unos metros de él había un adolescente que se mordía los labios. Los espasmos del coyote rompieron el silencio del cielo, antes de quedarse durante varios segundos con los pantalones hasta las rodillas.

—¿Usted era niño?

—No, fíjese. Ya tenía esta edad. Claro que era niño. El vecino nos dijo que el perro con el que se había peleado nuestro Coyote tenía rabia, porque días después apareció muerto de un balazo. Así curaban la rabia. Encerraron a Coyote. Había que hacer algo y, en un día de fiesta, se tomó la terrible decisión. Mis hermanos y yo lo vimos y no reconocimos al Coyote que se enroscaba a la par de mi mamá, ni al que nos acompañaba al trabajo, pero el cachorro que nos había traído mi papá aún ladraba en nuestros recuerdos. Como pudieron, mis tíos y mi papá lo metieron en un costal. En ese entonces no había veterinarios ni se sabía que se podía dormir a los perros; por eso, quienes podían, se los sacudían de un balazo. Mi tío, el hermano menor de mi papá, fue por un garrote. Pasó cerca de nosotros, ofreciendo disculpas por lo que estaba por hacer. Yo le mordí la mano. Mi mamá me regañó y mi papá me agarró a varejonazos.

Cipriano bajó del picop y dijo.

—Oiga, jefe, conozco desde hace años este lugar y nunca se me ha ocurrido quedarme a tomar o comer algo.

—No me diga jefe. Dígame Bob. ¿Echó llave?

—Sí.

—Pues, le decía, era un día de fiesta. Todos corrían de un lado para otro, muy contentos.

—Los coyotes del desierto debieran ser encostalados.

—¿Por qué tanta rabia? Si son quienes ayudan a sus paisanos a cruzar la frontera para ir a ganarse unos dolaritos.

—Solo es una expresión. ¿Y qué pasó con Coyote?

—Ah, sí. Mi tío lamentó que no existiera cura. No se podía correr el riesgo de que mordiera a alguien. Los familiares presentes estuvieron de acuerdo y cayó el primer garrotazo, ¡buc!, y el segundo, ¡buc!, y el tercero, ¡buc!, y otro, ¡buc!, y otro, ¡buc! Coyote era grande, amarillo, tirando a fuego. Solía revolcarse en la grama para anunciar la lluvia.

—Oiga, jefe, eso de que los perros anuncian lluvia es creencia de indios.

—Dígame Bob. Creencia de indios o de mapaches, el caso es que nuestro Coyote solía hacer eso: saltar de un lado para otro cuando estaba contento. No sé si fueron alaridos o aullidos. Aquel sufrimiento nos penetró el corazón. Lloramos con cada garrotazo. Mi papá nos dijo que fuéramos hombres y que dejáramos de chillar, pero en su voz también algo se quebraba. Coyote sufrió más de media hora antes de morir. Esa fiesta para nosotros fue triste. Ahora que lo recuerdo, me da risa (quiso decir «casi vuelvo a llorar»).

—De manera que mataron a Coyote.

—Lo mataron a garrotazos.

Cipriano cerró los ojos.

El coyote se levantó y se sacudió los pantalones. Detrás de un arbusto se escuchó el sonido de un encendedor, después se sintió olor a marihuana.

Ella, con los pantalones rasgados, la ropa interior rota, la blusa hasta al cuello y el rostro empolvado, emitió un sollozo que se perdió en el cansancio de los demás. En un futuro no tan lejano, o tal vez imposible, viviría de los dólares que se filtran a lo largo del continente, pero ahora estaba destruida y le era imposible saberlo o siquiera presentir las miles de entrañas profanadas por los coyotes de quienes ella se volvería aliada.

El coyote dio la orden de continuar. Todos se levantaron, sin mirarse. A ella la miraban de reojo. Cipriano, en esos momentos, se conformó con ver al cielo, lanzarse al cansancio, sentir odio por el coyote y vergüenza de sí mismo.

            —¿Te arreglas o te quedas allí? —Preguntó el coyote.

—Así deberían morir, Bob. Los coyotes deberían morir a garrotazos.

Entraron al lugar. Pidieron dos cervezas.

—Después, mis hermanos, unos primos y yo, fuimos al barranco a tirar a nuestro Coyote.

Cipriano, al imaginar revanchas inútiles con el pasado, sonrió.

Bob agregó.

—De manera que usted es gringo.

—No.

—Gringo pobre.

— ¿Y usted qué es, Bob?

—Su jefe.

—Aparte de eso, ¿qué es?

—La autoridad. Con esto uno domina al mundo —sacó su reluciente Beretta.

Cipriano miró uno de los rincones del lugar.

—Con eso no se domina al mundo, pero quien comprenda esos garabatos tendrá para sobrevivir —señaló algo escrito en una de las ventanas:

«Amar sin ser amado es como limpiarse sin haber cagado».

—Pendejadas —dijo, Bob.

—Lo que hacemos son pendejadas.

—Ya va comprendiendo. Matar o morir son pendejadas, con el tiempo comprenderá. ¡La cuenta!

—Entre un arma y lo que para usted son pendejadas, me quedo con las pendejadas.

—Grábese eso en la cabeza, y me cuenta si le sirve en una balacera. En la calle cuenta esto —apuntó a la cabeza de Cipriano. La mesera se había acercado.

—La factura a nombre de Roberto Ixchiú, ¿verdad?

—Sí.

Cipriano sonrió.

Abandonaron el lugar, sin mirarse.

Subieron al picop.

—Ya podés tratarme de vos, Cipriano.

III

Su padre fue enterrado a unos metros de la iglesia católica. Su hijo sale a las calles y siente en el pecho una inexplicable emoción; inexplicable como las canciones que aún suenan en las cantinas solitarias a lo largo de la carretera que conduce a México. Su padre escuchaba marimba-orquesta, en un aparato que funcionaba con baterías Rayovac, su hijo escucha a Silvio Rodríguez y a Calle 13 en un Ipad.

Don Fulgencio estaba herido, don Reinaldo lo supo y reunió a todos los vecinos para decirles que debía morir esa noche. De don Fulgencio se contaban cosas admirables y terroríficas. Había pactado con el espíritu de la montaña, podía pasar varios meses sin comer, se alimentaba de carne humana.

Don Fulgencio pensaba en su hija que nacería dentro de seis meses y se llamaría Matilde. Han pasado varios meses desde que los soldados fueron fusilados. A uno siempre le tiembla la mano a la hora de matar. Ellos también lloran, lloran como las mujeres cuando son despojadas de sus maridos, como los niños que no se explican por qué sus papás son sacados a patadas de la cama y por qué los perros son apaleados hasta quedar despedazados. Sin embargo, don Fulgencio pensaba en su hija. A su lado tenía un AK-47, una 45 y tortillas. Aunque ya estaban tiesas, bastaba un poco de agua para suavizarlas. No era problema.

—¿Don Reinaldo, sos vos?

—Sí, soy yo. Te vas a morir, hijo de la gran puta.

—Vos, pero si somos compañeros.

—¡Compañeros, mis huevos! ¿Dónde enterraron a los soldados? Llevame al lugar.

—Está bueno, te voy a llevar. Venís a matarme, ¿verdad?

—Eso ya no importa.

Antes de pegarle dos tiros en la cabeza, don Reinado lo cubrió con una chamarra. Horas más tarde fue enterrado a unos metros de la iglesia. «¡Aquí no pasó nada! No pasó nada porque todos lo matamos y quien abra la trompa va a conocer a su padre».

Don Reinaldo le habló a Matilde, treinta y siete años después, del secuestro de su padre. Nunca se volvió a saber de él. Matilde recuerda todo esto, mientras cuenta los dólares provenientes del norte. La nostalgia se agudiza con los tragos de tequila.

Su hijo sale a las calles, escucha a Silvio Rodríguez y a Calle 13. Ya entrada la noche le dirá a su madre que su bmw necesita servicio y que la universidad es una mierda.

A Fulgencio no le gusta llamarse Fulgencio. En las redes sociales aparece como Hawthorne. No le gusta el nombre de su madre ni hablar de ella. Piensa, mientras recorre las calles de la ciudad, que este país es una mierda.

Fulgencio tuvo tiempo para salir a emborracharse y de hacer lo que se le viniera en gana con la plata que mensualmente le depositaba su madre. Conoció más de una golpiza en bares. Salió a las calles con esa partida de imbéciles que coreaban canciones chillonas en nombre de mierdas revolucionarias. Supo de las bajezas de su tiempo, de más de un secuestro. Aunque nada le faltaba, no se sentía satisfecho, nunca supo quién chingados era. Le urgía largarse del país. Ya le era insoportable entrar a la casa y encontrarse con el olor a tequila, lágrimas y sudor de su madre. «Este mundo no aprende a avanzar y menos este país. Lo mejor es largarse». Matilde no sabe que su padre fue enterrado cerca de la antigua iglesia católica. De su hijo intuye algunas cosas que prefiere ignorar.

—Madre, ¿y no pudo pensar en un mejor nombre para mí?

—Es el nombre de tu abuelo.

—¿Y qué tiene que ver el viejo conmigo, aparte de ser mi finado abuelo?

Antes del hijo, antes de los dólares, ella recuerda su paso por el desierto. No debe contarle que un coyote le destrozó el vientre para que él naciera; por eso debía llevar el nombre de su padre, desaparecido quién sabe por qué. Y aquí están, él frente a ella con ojos que no pueden ver a una madre.

—Tendremos que irnos del país. Necesitaremos dinero.

—¿Tendremos? ¿Quiénes son los otros, hijo?

Prosa poética

Jorge Martínez Mejía

Poeta, novelista y ensayista, Jorge Martínez Mejía estudió Literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Fundador del Movimiento Literario Poetas del Grado Cero.

Reseñas

Doris Arlen Espinoza García

La catedrática nicaragüense Doris Arlen Espinoza García analiza el libro de narrativa breve Cadáveres en el armario.

Fotográfia: Oscar Rivera, Miguel Servellón, Luis Galdámez, Giuseppe Dezza

Cuatro artistas, cuatro lentes, cuatro enfoques en la conmemoración del Día Mundial del Medio Ambiente. ¿Los patrones insostenibles de consumo llevan el planeta hacia un cataclismo calculado? El Salvador tampoco escapa a la triple crisis planetaria que acarrea el cambio climático, la pérdida de naturaleza y biodiversidad.

Crónica

Última entrega

El Independiente, un ejemplo de valentía periodística

La Crónica cerró operaciones en julio de 1980 cuando su jefe de redacción, Jaime Suárez Quemáin y el reportero grafico César Najarro, fueron brutalmente asesinados.

Segunda entrega

El Independiente, un ejemplo de valentía periodística

“Nuestro país, no hay duda, es un país totalitario”, escribió en la edición del 30 de agosto de 1954..... La imprenta no vale nada. Imbéciles: los pueblos mudos son Patrias muertas”

Primera entrega

El Independiente, un ejemplo de valentía periodística

Las memorias del diario que atestiguó el inicio de la guerra civil salvadoreña son rescatadas en la voz de uno de sus protagonistas.

Opinión

Bukele y los frutos de la polarización afectiva

El presidente Nayib Bukele salió bien librado en las recientes encuestas de opinión pública, especialmente en la evaluación sobre el tercer escalón de su gestión realizada por el Centro de Estudios Ciudadanos (CEC) de la Universidad Francisco Gavidia (UFG), a partir de la cual el investigador Óscar Picardo consideró como inédito que el mandatario no baja de 8.0 de nota promedio a lo largo del tiempo.

Primero de mayo: conmemoración bajo asedio

En El Salvador, además de conmemorar el Día Internacional del Trabajo, esa extraordinaria gesta reivindicativa de Chicago de la segunda mitad del Siglo XIX, también se celebra o se critica, según el ángulo de cada persona, el aniversario de las legislaturas que se inician el 1 de mayo, cada tres años.

img782

La crisis de un periodismo anclado en el pasado

Cada vez más, especialistas y profesionales relacionados con el fenómeno de la comunicación masiva advierten sobre la crisis del modelo tradicional del periodismo, dado la migración de las audiencias hacia el espacio digital, la precaria condición en que ha caído por la ausencia de publicidad

Mis palabras no son para quienes ostentan poder

No, mis palabras no son para quienes ostentan poder, para eso tendrían que desear leer y tener oídos para escuchar, pero ahorita están muy ocupados tomándose la foto del recuerdo, sonrientes y orgullosos del decreto solicitado y servido en tiempo récord.

San Romero en un poeta, un lienzo peregrino y la intervención urbana

Un nombre se repite como una voz retumbante en las historias de un escritor y dos artistas plásticos. Los tres son vidas disímiles que acaban encontrándose en sus ideas debido a la influencia que ejerce el legado de un pastor que trascendió más allá de su asesinato.

Foto

Atardecer_intervención_Luis Galdámez

La adaptación al cambio

Cuatro artistas, cuatro lentes, cuatro enfoques en la conmemoración del Día Mundial del Medio Ambiente. ¿Los patrones insostenibles de consumo llevan el plantea hacia un cataclismo calculado? El Salvador tampoco escapa a la triple crisis planetaria que acarrea el cambio climático, la pérdida de naturaleza y biodiversidad.

Una Metáfora de la Identidad, una obra de Herbert Polío

La inquietud de experimentar, modificar y manipular una imagen partiendo de la realidad me lleva a “fusiones” donde exploro a través de la sobre posición de imágenes

San Oscar Romero: universalidad de su imagen en las artes.

El martirio de Monseñor Oscar Arnulfo Romero –ascendido a primer santo católico salvadoreño en octubre de 2018- ha inspirado a muchos artistas para crear obras en su memoria y obra.

©Derechos Reservados 2022 ESPACIO COMUNICACIONES, LLC