Entrevista

La azarosa vida del poeta Alfonso Kijadurías

Texto: Miguel Huezo Mixco*
Fotografías: Luis Galdámez

Abril 5, 2024

No hace pasarela en los festivales, tampoco se abre espacio a codazos para ganar atención. Alfonso Kijadurías posee una virtud escasa en nuestros días: el silencio, que cultiva con la intensidad y cautela de quien prepara una operación secreta. Es un poeta fuera de serie. Acaso sea el solitario exponente de esa ignorada vanguardia formada por quienes fundaron su poesía en la fuerza de la vida espiritual, el «verano invencible» al que hacía referencia Camus, donde es posible encontrar sentido y alegría en medio de las adversidades. Pero no se crea que estamos ante un «poeta astral». Al contrario. Kijadurías se enfrenta a la maligna belleza del desastre con aire burlón: «Tres veces me enterraron y estoy vivo. / Salgo de mi ataúd/ silbando, / en busca de mi perro y de mi halcón»

El poeta llegó a El Salvador a finales del año pasado para escapar del invierno de Vancouver, donde reside desde hace unos cuarenta años. Pocos días antes de su regreso a Canadá presentó en el Centro Cultural de España en El Salvador su nuevo libro de relatos, La breve edad del tiempo (Índole, 2024), ocasión que aproveché para entrevistarlo. En esta conversación Kijadurías comparte por primera vez facetas desconocidas de su trayectoria: su iniciación en la poesía, la insólita muerte y resurrección del poeta Roberto Armijo, a quien reconoce como su maestro, y las circunstancias que terminaron empujándolo a llevar una vida errante.

Comencemos por el principio. ¿En qué año y lugar naciste?

Nací en la tercera calle poniente, número ocho, del barrio El Calvario, en Quezaltepeque, el 8 de diciembre de 1940. Recién he cumplido 83 años. Mis orígenes y mis raíces son campesinos, y mi infancia transcurrió entre la ciudad y la finca familiar en Valle del Señor. En esos años experimenté la paradoja de añorar la ciudad cuando me encontraba en el campo, y de extrañar el campo cuando vivía en la ciudad. Fui un niño trabajador. Como a todos en mi familia, me tocaba hacer algunos trabajos menores del campo, como destusar maíz a mano. Cada grano de maíz representaba el sustento no solo de la familia, sino también de los peones. Mi infancia está asociada a una gran pirámide de maíz y una canasta que tenía que llenar. Imagínate, en esa edad, solitario, metido en un cuarto, desgranando maíz, tu pensamiento da vueltas…

¿Qué edad tenías entonces?

12 o 13 años.

¿Dónde hiciste tus estudios de primaria?

Estudié en el grupo escolar «Dolores Larreynaga». Fue un tiempo de pesadillas. La mayoría de los profesores, con alguna excepción, eran unos tipos muy rudos. Estaba traumado, tanto que repetí dos veces el tercer grado. Además, desde niño mis obsesiones eran artísticas, pero en aquel ambiente no había manera de desarrollarlas. Me sentía muy frustrado. Cuando ingresé a plan básico tuve una gran recompensa, porque encontré los mejores maestros que jamás pude imaginar, especialmente la profesora Rosa Orellana. Ella me estimuló mucho dándome libros para leer. Gracias a ella aprendí a escribir a máquina. Ella fue, además, la lectora de mis primeros poemas. 

¿Hiciste estudios universitarios?

No, no estudié en la universidad.

¿Cómo te asociaste, entonces, con el grupo de poetas del Círculo Literario Universitario, al que pertenecieron Roque Dalton, Manlio Argueta y José Roberto Cea?

Bueno, la historia comienza antes. Cuando estudiaba la secundaria tomé contacto con otro poeta. Su nombre era Jorge Alberto Ponce, hermano del pintor Antonio García Ponce. Jorge murió muy joven. Intercambiábamos ideas, versos y libros. Yo solía pasar vacaciones en Guazapa, en la casa de los Ponce. Recuerdo que para una vacación de agosto, leí la Divina Comedia en esa casa. Fue mi encuentro con Dante.

Con el Infierno…

Sí, pero también con el Paraíso… Mira cómo son las circunstancias. Uno de mis hermanos mayores estaba preso en la Penitenciaría Central, que entonces quedaba sobre la calle Rubén Darío, en San Salvador. Mis padres me mandaban todos los domingos a dejarle dinero y comida. En una de esas idas, descubrí la existencia de la Galería Forma, que quedaba cerca del parque Bolívar. Era domingo y había una exhibición de pintura. El lugar estaba lleno de pintores e intelectuales, entre ellos Ítalo López Vallecillos. Yo había leído algunos escritos suyos en La Prensa. Ítalo recién había regresado de Honduras, a donde huyó por la persecución política. Me acerqué a él, le dije que yo escribía poesía y le pedí que me leyera algunos de mis poemas. 

«¿Vos sabes que cuando estudiaba en el Instituto Nacional, o estaba recién salido de bachillerato, Roberto Armijo murió?».
Alfonso Kijadurías.

¿Y qué te dijo?

¡Aceptó! Me dijo: «Estoy en la Editorial Universitaria y puedes venir a visitarme…». El lunes fui a buscarlo y le entregué algunos de mis poemas. Los hojeó y me dijo que volviera dentro de una semana. Regresé a la semana siguiente y me devolvió los poemas con anotaciones y sugerencias. Me dijo: «Aquí trabaja otro poeta, Roberto Armijo». Yo lo había conocido en la casa de los Ponce. Ítalo lo llamó y nos saludamos. Nos hicimos amigos. Armijo fue mi maestro.

¿De qué años estamos hablando…?

Uh… Quizás alrededor de 1957 o 1958. Armijo ya estaba metido en el ambiente literario. Tenía mucha presencia. Bueno, ya era parte de la mitología. ¿Vos sabes que cuando estudiaba en el Instituto Nacional, o estaba recién salido de bachillerato, Roberto Armijo murió?

¡No te puedo creer!

Sí. Estuvo por un tiempo en estado catatónico. Hasta lo velaron. Bueno, de hecho, velándolo estaban cuando despertó… ¡Resucitó! (Risas).

¿De verdad?

Sí, resucitó… Imagínate el susto que tuvieron todos. Roberto se convirtió en un ser mitológico (risas). Publicó un poema sobre aquel suceso impactante de despertar en un ataúd, rodeado de gente. Después conocí a José Roberto Cea con quien trabajamos juntos en Diario Latino como correctores de pruebas. Allí también trabajaba un sobrino del líder obrero Cayetano Carpio, a quien le decíamos Lorca porque se parecía a García Lorca. En el Diario Latino conocí a don Guillermo Machón de Paz, el jefe de redacción del diario, que era a su vez director de la Biblioteca Nacional. Y en una ocasión, don Guillermo me dijo: «Alfonso, ¿no quisieras trabajar en la Biblioteca? Hay una plaza». Yo miré la gloria. Claro que sí, le respondí. Aquello era una maravilla, porque, además, el trabajo de corrector de pruebas era mal pagado y explotado. Para mí fue la gloria porque la biblioteca, te imaginas, tenía aquellas colecciones de libros, la hemeroteca… Allí se recibía literatura de México, además de revistas… Bueno, allí descubrí la revista cubana Orígenes

¿Dónde estaba la biblioteca?

En la calle Delgado, a un costado del Mercado Cuartel, en un gran edificio, enorme. Ahí estuvo un tiempo el Ministerio de Educación y la Dirección de Cultura. Era un edificio precioso. A la entrada había un busto de Francisco Gavidia. Allí nos vimos más de una vez con David Escobar Galindo. Por esos años conocí también a Salarrué y a Claudia Lars. Ella trabajaba en la Dirección de Publicaciones y llevaba la revista Cultura. También conocí a Alfonso Orantes, que era de origen guatemalteco.

Buenos tiempos… Y luego, ¿qué pasó? En mis cálculos estamos hablando de los años 70.

En ese momento se comienza a poner un poco más tensa la situación del país, arreció la persecución política y todo eso.

¿Cómo viviste tú ese momento?

Bueno, yo participé en marchas y mítines en el tiempo del coronel José María Lemus. Después llegué a conocer a los que andaban en «malos pasos» (ríe). Casi todos los poetas andaban metidos en algo.

¿Y vos?

Me empecé a meter, sí. Pero siempre dudé de las extremas. La verdad es que tampoco había mucho para dónde hacerse. Las circunstancias políticas mismas me fueron empujando. El ejército te orillaba a meterte a opositor. Bueno, tú conociste a Edmundo Font, ¿verdad?

Sí, fue Agregado cultural de México.

Pues en una ocasión fuimos con Mundo a comer pupusas y de la nada apareció una pareja de guardias a exigirle que les pagara las pupusas que ellos se habían comido. Ni modo. Mundo pagó las pupusas. Al rato, esa misma pareja de guardias regresó y nos dijo: «Van a tener que acompañarnos». Mundo les respondió: «Yo soy diplomático, tengo inmunidad». «Sí, pero tenemos orden de llevarlos», le respondieron. Entonces nos llevaron presos a la Guardia. Finalmente, nos soltaron. Cuando salimos, vimos que iba llegando el embajador. Pero unos días después, yo iba caminando y un tipo que trabajaba en los juzgados, me dice: «Te asustaron los frijoles, ¿verdad?». Até cabos. Este señor tenía un hijo recién salido de la Escuela Militar. Supuse que este tipo nos había puesto el dedo. Era un canalla. En esa época eras sospechoso por ser «hippie», es decir, por andar peludo. 

¿Y vos, entonces, ya andabas con el pelo largo?

Andaba peludo, sí. Luego tuve un accidente que más pareció un atentado, porque las circunstancias fueron absurdas. Íbamos en dirección a Santa Tecla y nos embistió un bus. El carro quedó despedazado. Desperté en el hospital. Conmigo venía Marta Celia, mi esposa. Por suerte, los cipotes se habían quedado en la casa. Como resultado del choque quedé patojo…

¿Para entonces ya estabas casado?

Sí.

¿En qué año te casaste, lo recuerdas?

Yo tenía 21 años y ya colaboraba con la RN (Resistencia Nacional). Teníamos una pequeña editorial.

¿Quién te jaló para la RN?

El poeta Alfonso Hernández. Lo conocí en la librería de Chito Silis. Yo había aprendido a diseñar en la Editorial Universitaria, y Alfonso me puso a diseñar y a editar propaganda. Fui un propagandista. Pero, bueno, por el incidente que te cuento me mandaron a México, siempre a trabajar en el área de propaganda. Y luego a Cuba.

¿En qué año saliste entonces para México?

81 u 82…

«El texto que muchos conocen de Roque sobre mi poesía, en realidad no lo escribió sobre Estados sobrenaturales, como suele pensarse, sino que sobre Sagradas escrituras». Alfonso Kijadurías. 

Comenzaba la guerra…

Sí, sí. Me quedé en México más de medio año. Después, como te dije, me enviaron a Cuba, donde estuve entre nueve meses y un año. Y luego me mandaron a Nicaragua.

¿Y qué te pareció la experiencia cubana en ese momento?

Interesante. No había tanta miseria como ahora. El ambiente intelectual cubano era extraordinario. Marta Celia y los muchachos también estaban allí. Conocí a Víctor Casaus. A su casa llegaba la mayoría de los poetas de su generación. Dalton ya no estaba en Cuba. Conocí a Eliseo Diego y a Cintio Vitier. Todos ellos eran lindas personas. Pero no creas, a veces el ambiente era espeso. En Cuba había un estado policial. Ya en esos años me volví sospechoso. Bueno, no sospechoso, sino dudoso, por mis malas compañías, sin yo saberlo. Me hice amigo de un lumpen al que llamaban el Chino López, fotógrafo de Lezama Lima y de Julio Cortázar, pero era un tipo que no estaba en nada. Y era mi amigo. Sentí que los cubanos comenzaron a darme un trato frío. 

Pero, espérate. Antes de Cuba yo había estado viviendo en California. Esto fue después de que se publicó Estados sobrenaturales. Yo trabajaba en la Universidad, en Extensión Cultural, pero renuncié y me quedé sin trabajo.

¿Y por qué renunciaste?

Trabajar con el Pichón Cea no era fácil. Entonces me vi en la necesidad de marcharme y me fui a buscar trabajo a California. Tenía dos hermanos viviendo allá. Me tocó hacer de todo. Hasta trabajé en el Hotel San Francisco. En esa época San Francisco tenía un ambiente cultural increíble. Ahí nos conocimos con el poeta Lawrence Ferlinghetti, que tenía la editorial City Lights. Eso fue alrededor de 1972 o 1973. Permanecí un año, o año y medio y regresé a El Salvador, sin trabajo. Entonces me escribe Ricardo Humano, que estaba en Cuzco, diciéndome que me fuera para allá. No sé de qué manera consiguió un pasaje. Yo le dije que me iría por una temporada, un mes, o algo así, pero terminé quedándome por medio año. Yo, por supuesto, desesperado por regresar, porque en El Salvador había quedado mi familia, algunos de mis hijos ya eran adolescentes. Pero ¿cómo me regresaba, si no tenía dinero?

¿Cómo sobrevivían?

Hacíamos dibujos, cosas. Pero eso no se vendía. No sé realmente cómo subsistimos. Llegó un momento en que le dije: «Ricardo, yo tengo que regresar». Busqué a un amigo de San Francisco. Le mandamos dibujos y pinturas para que vendiera, a cambio de que nos mandara dinero para el pasaje. Bueno, nos mandó un dinero, pero no alcanzaba para viajar en avión. Entonces nos tocó hacer parte del trayecto por tierra. Atravesamos el desierto y llegamos a Lima que es una ciudad fría y terrible… Luego, nos encaminamos a Colombia. Me recuerdo que tuvimos que vadear un río a cucucho (a lomo), llevados por dos hombres fuertes hasta la otra orilla.

Puro «mojado» …

Bien mojado (risas). De allí nos fuimos a Quito, donde estuvimos una semana. En Quito, finalmente, abordamos un avión que nos dejó en Panamá. Cuando llegamos a El Salvador ya estaba el hervidero de la guerra. Ahí es que se asoma Alfonso Hernández. Sin mencionarme nada, como buen amigo. Pero como te dije, me capturaron y luego me ocurrió ese accidente misterioso. No me quedaba más alternativa que meterme en ese viaje, no había mucho para dónde hacerse… 

«En Quito, finalmente, abordamos un avión que nos dejó en Panamá. Cuando llegamos a El Salvador ya estaba el hervidero de la guerra». Alfonso Kijadurías 

¿Y tu familia, a todo esto?

Ya teníamos cinco hijos. Por suerte, Marta Celia era subdirectora de Plan Básico, y con eso nos manteníamos. Yo conseguía algunos centavos vendiendo cuadros, cosas. Con Ricardo Humano montamos un taller de artesanías en la colonia Shangrilá. Hacíamos carteras, pintábamos algunas cosas o revendíamos otras, pero siempre estábamos sin dinero. 

¿Y a todo esto, la poesía?

Había publicado únicamente Estados sobrenaturales, y unos poemas que salieron en una plaqueta de la Universidad. Pero eso fue mientras trabajaba allí. También los Juegos Florales me alivianaban, porque gané en Santa Tecla, Zacatecoluca y Chalatenango. Pero esos concursos no se ganaban todos los meses (risas).

¿Dónde estabas cuando concursaste al Premio Casa de las Américas?

Trabajaba en la Universidad. El año en que Roque Dalton ganó el premio, yo gané la mención de honor. El texto que muchos conocen de Roque sobre mi poesía, en realidad no lo escribió sobre Estados sobrenaturales, como suele pensarse, sino que sobre Sagradas escrituras.

Bueno, pero ¿Sagradas escrituras está incluido en Estados sobrenaturales?

Sí, sí… pero lo que nadie sabe es que Roque me mandó después otra carta hablando mal de Estados sobrenaturales (risas).

Volvamos a tus estancias en México y Cuba. ¿Qué pasó después?

Me mandaron a Nicaragua, donde estuve un par de años. Me pusieron a cargo de la revista Guazapa. Después me enviaron a México. Cuando llegué al aeropuerto no había nadie esperándome y me di por expulsado. Me expulsaron. Meses después llegó Marta Celia con los gemelos, los dos mayores se quedaron en La Habana. En México, sin dinero, tuve la suerte de encontrar una casa en Cuernavaca. Una casa sin puertas. Ahí vivimos como ocho meses. Mi hermano, que vivía en Estados Unidos, nos hizo un préstamo para subsistir. Hasta que mi hermano René, que vivía en Vancouver, me convenció de que me fuera para Canadá. Solicitamos asilo como refugiados y por un periodo recibimos alguna ayuda del Estado canadiense. Bueno, nos tocó rebuscarnos…

¿Y hablabas inglés?

Soy un mudo bilingüe. Mi fortuna es que leo bien en ambos idiomas. Bueno, entonces decidimos quedarnos. Ya tenemos como cuarenta años de estar allí. En Vancouver conocí un gran amigo, un gran poeta de Singapur, que compró una casa y nos invitó a vivir con ellos. Autor de tres novelas y libros de poesía. Aquello era una fiesta interminable. Yo no he conocido un tipo que respire poesía las 24 horas del día. Era, además, médico y un gran lector. Pero la vida da vueltas. Le dio el párkinson. Ingresó al hospital y allí adquirió un virus que lo terminó matando. A los meses murió la esposa también. Todo se vino abajo en esa casa… Así es esto…

(Tocan la puerta… La presentación del libro está por empezar. Nos despedimos a toda prisa.)

* Escritor salvadoreño

Apoya Espacio Revista con tu contribución solidaria mensual

Apoya nuestras publicaciones y las voces de la sociedad civil. Con tu contribución, podremos mantener Espacio Revista gratuita y accesible para todos.

©Derechos Reservados 2022-23 ESPACIO COMUNICACIONES, LLC